DESPUÉS DEL EDÉN 

Marcos Agudelo / Producción y montaje de la muestra.

Se dice que vemos aquello que llevamos dentro. La observación es un curioso ejercicio de la  introspección y las artes plásticas tienen la propiedad de materializar visualmente este ejercicio.  Tenemos una particular forma de ver y de narrar desde las formas que creamos, aquello que  previamente observamos, meditamos y sentimos; Más allá de cualquier anacrónica pretensión  ideológica o manifiesto, pertenecemos endémicamente (en términos biológicos) a un lugar y eso  debería de expresarse en una particular forma de ver el mundo, una determinada forma de ser con  nuestro entorno, de comunicarnos con él. La exposición Después del Edén, arte y medioambiente en  el 2021, es un acercamiento emocional y reflexivo a una temática que se replantea en la medida en  que se agrava la crisis medioambiental y evolucionamos como sociedad desde nuestra latitud y nuestro tiempo, complejizándonos inevitablemente como sistema. Las distintas obras de esta muestra comunican desde un lenguaje con autodeterminación, una particular forma de percibir y  reflejar nuestro mundo. 

Desde finales de los años sesenta del siglo pasado se viene diciendo con mayor énfasis que asistimos  a una nueva era evolutiva como planeta (antropoceno), donde el impacto de la acción humana es  tan devastador que es este el que determina los cambios de la fisonomía geológica y los  desequilibrios en los ecosistemas. Se nota de manera cada vez más acentuada e irreversible la  arritmia de los ciclos ya establecidos por la naturaleza desde los orígenes de la vida. Así, cambian el  relieve y las estaciones por la presencia humana; la urbanización ya es nuestro hábitat ¨natural¨,  más de la mitad de la población mundial vive en las ciudades. Por eso nos situamos hoy en un  espacio ¨después del Edén¨ originario. Esta es una crónica desde el arte que también podría ser un  registro fatídico para la memoria, resultado de un sistema económico global en crisis, que coloca  como prioridades el individualismo y el consumo por encima de las necesidades humanas básicas  colectivas y la supervivencia de los ecosistemas.  

Parte de las obras que se muestran en esta colección se produjeron durante las Residencias de Arte  en Solentiname que se efectuaron en años anteriores, incorporando aquí nuevos artistas en un  montaje que se presenta sobre diferentes soportes tales como: fotografía, instalación, escultura,  pintura y video. Así, las imágenes de la reconocida fotógrafa Claudia Gordillo registran el paso  devastador de uno de los huracanes más violentos que se recuerdan en la historia reciente de  Nicaragua, el Juana, podría ser uno de los primeros eventos naturales de grandes dimensiones que  suceden hoy con mayor frecuencia, que se encuentran asociados a los efectos del cambio climático.  Asimismo, la contundente instalación suspendida de Anna Handick conceptualmente  fundamentada en el relato clásico de la espada de Damocles, advierte sobre la amenaza cada vez  más latente de una inminente debacle ambiental, utilizando un recurso constructivo tan versátil y  potente en su instalación como el bambú para remontarnos a una metáfora de la devastación.  

El pintor Federico Alvarado refleja en una serie de cuadros las emociones y las escalas de poder de las relaciones interpersonales desde la simbología animal; así un zoológico, tal vez humano, recorre  el espectro de los afectos y las agresiones entre los seres sintientes.  

La abstracción geométrica inspirada en el mundo natural y en este caso específico el imponente  escenario del archipiélago de Solentiname como modelo, tiene su expresión en la obra de Engel  Leonardo con sus esculturas de verdes islas flotantes que también sirvieron como parte de un  performance con la música de la misa campesina tocada en vivo por campesinos del lugar.

Fabiola Burgos se apropia de motivos delicados del mundo natural, replanteándolos con un profundo  refinamiento visual que reduce las formas a su esencia máxima, haciendo uso de materiales que se  tejen y que con relatividad podrían ser considerados pobres, como la malla galvanizada de  construcción y las cintas plásticas para envolver regalos. Felipe Mujica interviene el paisaje con  cortinas coloridas y patrones geométricos puros que nos hacen pensar en una suerte de  suprematismo tropical, en este caso inserto en las islas del Gran Lago de Nicaragua. Son formas que  juegan lúdicamente con el espacio desde el color y las líneas; asimismo en otra pieza presentada en  esta muestra Mujica, en un homenaje, deconstruye la bandera del territorio Mapuche en Chile  resignificando la geometría ancestral sagrada que representa el cosmos para los pueblos originarios  de América. Mauro Giaconi interviene desde una potente gráfica, los botes de pobladores del  archipiélago con patrones geométricos desarrollados durante la guerra mundial para proteger los  poderosos acorazados, una inteligente ironía que interviene el paisaje.  

José Castrellón vivió una experiencia inspirada en las crónicas de Julio Cortázar y Sandra Eleta; plasmando fotográficamente sus impresiones de la comunidad de campesinos y pescadores de la  Isla Santa Rosa; tal vez (ojalá que no sea así) sea esta una de las últimas descripciones posibles de  una comunidad de pescadores del Cocibolca dada la escasez de peces que empieza a haber en el  Gran Lago, urgiendo alternativas económicas para la sobrepesca. 

Vidal Arellano es considerado uno de los más representativos escultores en madera de balso, su  estilo es un atento estudio de la anatomía animal (sobre todo de aves y peces) con un afán casi  hiperrealista por la reproducción de las formas. La escultura de Albertine Stahl deconstruye la  artesanía desarmándola y tiñéndola en negro, proponiendo con sus piezas nuevos ensamblajes y  posibles juegos metafóricos desde lo escultórico. En un ejercicio similar, pero desde la pintura, Ricardo Huezo nos propone el trillado paisaje con palmeras completamente decolorido, un bizarro  ambiente albino que registra eventos atroces para ridiculizar esa estereotipada e inocente  idealización de lo tropical. Por su parte Jorge de León en su serie de gráficos animados replantea el  paisaje desde lo artificial, sin un afán moralista satiriza una sociedad donde el consumo y el poder  han llevado a la pérdida de valores y al desplazamiento. 

La artista costarricense Lucía Madriz nos cuenta con intimidad y fuerza, desde una instalación creada  en el suelo con semillas de maíz, frijol y piedras -hecha específicamente para este evento, y que  rememora ciertos montajes tradicionales practicados en el suelo en festividades nicaragüenses-: “En el norte de Nicaragua las chachalacas cantan: ¡Hay pozol!”, anunciando que las lluvias harán  crecer al maíz pujagua para hacer pozol; denuncia también la pérdida de nuestros recursos  alimentarios como la pérdida irremplazable de nuestra memoria e identidad colectiva. Thomas  Jenatsch nos comparte la crónica fotográfica de su viaje por las comunidades Ramas de nuestra  Costa Caribe; describiendo formas del hábitat en completa armonía con la naturaleza, como él  mismo describe: ¨respetar su hábitat es preservar la Nicaragua multiétnica¨. Benvenuto Chavajay incorpora una pieza elaborada con jícaras rememorando un pasaje de su sagrado libro ancestral: el  Popol Vuh, patrimonio literario maya, centroamericano y universal. El reconocido crítico de arte y  escritor Christian Viveros nos acompaña en esta muestra con un texto reflexivo sobre el Arte y el Medioambiente. La exposición no incorpora piezas alusivas al tema Covid -19, aunque este sea uno  de los principales asuntos medioambientales en la actualidad. 

Después de la Caída

Christian Viveros-Fauné, Brooklyn, 2021

Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos

—J. Robert Oppenheimer

El final del mundo ya ocurrió. El evento se puede datar con increíble precisión. En abril de 1784, James Watt patentó la máquina de vapor, lanzando así un proceso de más de dos siglos a través de los cuales el hombre depositaría cantidades tóxicas de carbón en la corteza de la Tierra. Este suceso es el primero en representar a la humanidad como una fuerza geofísica a escala planetaria. Acto seguido, comprendido al menos desde la perspectiva de un tiempo geológico, el Manhattan Project de J. Robert Oppenheimer detonó “Gadget” o “artilugio” en el desierto de Nuevo México en 1945. Dos años más tarde caerían dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. El mundo se volvía a acabar. Y a acabar otra vez.

Según el ecofilósofo Timothy Morton estos eventos marcaron un aumento logarítmico en el accionar del ser humano como fuerza geofísica en el planeta tierra. Dichos sucesos asumen importancia planetaria para la humanidad y también para todas las otras formas de vida en la tierra al demarcar un periodo geológico que hoy llamamos, gracias al término acuñado por premio Nobel de química Paul Crutzen, el Antropoceno. Conocido también como “la edad de los humanos”, esta reciente conceptualización explica en parte el cómo y el por qué del calentamiento global. El hombre es protagonista y villano en la modificación del clima mundial. ¿Pero puede este nuevo —¿y final?— estadío representar a su vez una oportunidad para la creación de una nueva conciencia moral y ecológica?

Las obras reunidas para “Después del Edén”, muestra organizada por el artista y arquitecto Marcos Agudelo en coordinación con el Centro Humboldt de Nicaragua, participan de esta nueva toma de conciencia sobre el eminente peligro que corren nuestros ecosistemas a nivel planetario. Fruto de un despertar ecológico entre artistas de todo el mundo y ciertamente en aquellos privilegiados que han podido acceder al entorno natural de las Residencias de Arte en Solentiname, estas obras conducen a profundos actos de reflexión pero también a una actualización del papel del artista para nuestros tiempos. Por su independencia crítica y su capacidad de interpretación, la importancia de este actor-investigador, otrora aliado natural del científico, resulta cada vez más crucial.

Remontemos a finales del siglo XX a los dichos de Marshall McLuhan, pionero teórico de la sociedad de la información. Según este, el artista es “el único que puede proporcionar un reconocimiento de patrones” en su encuentro con el presente; “el único que posee la conciencia sensorial para informarnos de lo que está hecho el mundo”. Lo que escribe McLuhan a finales de los años ’90 resulta en nuestros tiempos tan obvio como contraintutivo. El artista, a diferencia del científico, puede hacer concreto y experiencial lo que la ciencia por su naturaleza empírica se limita a comunicar como datos. El artista-investigador (y el artista-activista), en cambio, puede transformar estos datos en una poderosa historia.

Este es el espíritu en que deben ser entendidos los distintos trabajos reunidos por la muestra. Encuentros con un presente crítico, cada una de estas obras no solo lucha por crear narrativas útiles para comprender la irreversible amenaza del calentamiento mundial, sino también para contrarrestar la parálisis producida por el negacionismo climático. La lógica de su alarma ambiental no solo se opone a los múltiples pecados originales de la humanidad contra la naturaleza, sino también a lo que la ignorancia, la desidia y la incompetencia esconden: el ecoicidio.